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Mons. Carlos Amigo Vallejo

La palabra de Diós en la misión de la Iglesia

Transcripción de la conferencia de Cuaresma pronunciada en la Parroquia de la Concepción de Barcelona el 17 de febrero de 2008.

En estas Conferencias Cuaresmales, voy a hablar con Vds. de las cosas de Dios, que, al fin y al cabo, son también las cosas de los hombres, porque no podemos mirar a Dios si no miramos a nuestro alrededor, pero tampoco podemos mirar a nuestro alrededor sin pedir a Dios la luz que necesitamos para comprender.
Hermanos sacerdotes, queridos hermanos y hermanas todos. "Cuando me encontraba con tus Palabras me las comía", dice el profeta. "Era tanta el ansia que tenía de nutrirme con las cosas de Dios, que cuando me encontraba con tus palabras no me conformaba con leerlas, las metía dentro, las hacía carne de mi carne, y para mí esa Palabra era gozo y alegría. Iba comprendiendo y en tinieblas, pero cuando llegaba tu Palabra a mí, era como el sol que iba disipando la niebla de la mañana. Tenía ansia de tu Palabra, y por eso, cuando las encontraba, me las comía".
¡Hazme Señor, vivir según tu Palabra! Y ¿por qué este deseo de la Palabra de Dios? ¿ Por qué este interés en vivir en alegría y en gozo? Porque la Palabra es esa manera de salir al encuentro de los demás. Y el Padre sale al encuentro de sus hijos con la Palabra, que es aquello que nos ayuda a comunicarnos, a saber los unos de los otros.
Los clásicos solían decir a una persona: habla para que te conozcamos. Y en la forma de hablar se sabía de la región que era uno; de su voz se conocía si era joven o mayor, se conocía el grado de su cultura.
¡Habla Señor, para que te conozcamos! En la Palabra conocemos a Dios, sabemos cómo es Dios, porque en la Palabra Él se ha revelado, se ha manifestado a sí mismo, se ha manifestado como es, Dios. Escucha su Palabra y vas a saber como es Dios. En cuanto abra los labios, te darás cuenta de lo que significa Dios en tu vida.
Y Dios ha hablado, y cuando uno habla, habla como lo que es. Y Dios es amor; y, por tanto, todo lo que ha dicho Dios es reflejo de su amor hacia nosotros. Como el padre que da lo mejor que tiene en consejos, en palabras, se manifiesta como es.
Dios es amor. Ha hablado como es, y nos refleja su amor. ¿Puede haber una Palabra más admirable que ésta? ¡Tantas veces nos quejamos: si Dios nos hablara, si Dios nos dijera una palabra! Estos problemas, estas circunstancias, estos momentos, estas situaciones... necesitamos luz.
Si Dios nos hablara, nos dijera una palabra... Y Dios habla. Tú has pedido que te hable Dios y Dios ha escuchado tu súplica.
Dios dice: al que te hiere en la mejilla, ponle también la otra. Pues yo digo: al que me hace, me la paga. ¡Ojo por ojo, diente por diente! Y el que se mete conmigo, a la vuelta de la esquina, pronto o tarde, me va a encontrar.
Dios dice: no andes preocupado por lo que vas a comer, ni qué vas a vestir. ¡Fíjate en los pájaros del cielo, las flores del campo! Pues yo digo: todo esto es poesía y qué poderoso caballero es don dinero. Punto.
Dios dice: no juzguéis y no seréis juzgados; pues yo digo: piensa mal y acertarás. ¿En qué quedamos? Tú has suplicado a Dios y con sinceridad que te dijera lo que tienes que hacer, y después te lo dice y desconfías de su Palabra.
Dios dice, Dios dice, Dios dice. Pues yo digo, yo digo. Y ¡se acabó! ¿Por qué has pedido a Dios que te hablara? Este es precisamente el pecado. Es que Dios te señala el camino y queremos ir por un camino diferente.
La Palabra de Dios es el criterio de nuestra vida. ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué tengo que hacer? Muchas veces también nos lo preguntamos: ¿qué tengo que hacer? Pues, ¿qué vas a hacer? Lo que más le guste a Dios. Sí, esto es muy fácil decirlo. Y, ¿cómo se yo lo que más le gusta a Dios? Pregúntaselo. Haz la prueba. ¿Qué te gusta más, Señor, que perdone al que me ha ofendido, o que le tire por la borda? ¿Qué te gusta más, Señor, que no vuelva a hablar con esa persona que me ha ofendido, o que le tienda la mano y le perdone? ¿Qué te gusta más, Señor, que esté lleno de orgullo y mire a los demás por encima del hombro, o que me ponga a sus pies para servir a todos? ¿ Qué te gusta más, Señor, que blasfeme de tu nombre o que lo alaben en el pueblo? ¿Qué te gusta más, Señor, que siga tus Mandamientos, o que haga mi capricho? Y enseguida has encontrado la respuesta, porque la Palabra de Dios ha venido a nosotros por el Espíritu que se nos ha dado. Y el Espíritu vive con nosotros. Y este es un criterio que no falla nunca.
¡Pregúntaselo a Dios¡ Haz lo que a Él le guste. Y también que nos dé fuerza para seguir esa Palabra. Pues este es el criterio para nuestra vida: la Palabra de Dios.
Dios ha hablado, como dice san Pablo, de muchas maneras. Nos ha hablado por los Profetas del Antiguo Testamento; nos ha hablado por los Patriarcas de la Antigüedad. De muchas maneras, pero sobre todo nos ha hablado en la Vida, Pasión y Muerte, en el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. ¡Ya no te puedes quejar de que la despensa no está llena! Te faltará a lo mejor hambre de Dios.
Cuando dice el profeta Jeremías: cuando escuchaba tus palabras, ¡me las comía! ¡Es que tenía tantas ansias de sentir tu presencia! No nos quejemos de que nos faltan criterios, de que nos falta luz sino, más bien, de que escuchamos poco.
¡Y el Verbo de Dios se hizo hombre! La Palabra de Dios vino a nuestra vida, a nuestra humanidad.
Y así le hemos podido ver, pues, de esa manera sensible. Bueno, es que yo lo necesito ver con mis ojos y tocar con mis manos. Pues tienes a Jesucristo, que es hombre como nosotros y lo contemplamos transfigurado. Hay que conocer a Dios. San Agustín decía: Dios es lo más íntimo de mi intimidad, lo más mío. Puedo hablar con Dios cuando quiera, en cada momento, y con un lenguaje que no me atrevería a hablar con nadie. Y me escucha, y me habla y le hablo y le escucho. Es lo más mío, lo más íntimo de mi intimidad y lo más exterior de mi existencia; y donde pongo los ojos, veo a Dios, y donde pongo las manos toco la presencia de Dios; porque Dios nos llena de su amor y el amor todo lo allana, el amor todo lo hace claro, diáfano, transparente; y la Palabra de Dios nos ayuda a descubrir la huella de Dios a través de todo lo creado y de todas las cosas. Él no es un libro, sino un mensaje. Es ciertamente una carta que Dios ha escrito a los hombres, pero, como nos dice también san Pablo, una carta que ha sido escrita con el mismo amor de Dios, y se ha grabado a fuego en nuestro corazón.
Llama Dios al Profeta: tienes que predicar, tienes que anunciar la Palabra. Resulta que el Profeta tenía un defecto del lenguaje y, ¿dónde voy a ir yo? Tú predica. Y fue a predicar por los pueblos. Le tiraron piedras, se burlaron de él. Y fue a hablar con Dios: te he obedecido y me has engañado, me has seducido, he sido el hazmerreír de todos. ¡No vuelvo a acordarme de Ti, ni a decir más tu Palabra! Se queda un momento y dice: pero, Señor, quería olvidarte y no podía, quería alejarme de Ti, y mis pies no avanzaban porque tu amor me quema hasta los huesos.
La Palabra de Dios nos quema hasta los huesos. Y tantas veces parece como que esta Palabra es ineficaz. La Palabra es como un aval, es como una garantía de eficacia. "Tu Palabra me da vida", cantamos muchas veces. Tu Palabra es mi alimento, mi vida. ¡Así estás de raquítico, espiritualmente hablando, así estás de enclenque! Tal vez es un lenguaje doméstico, ustedes me perdonarán. ¡Así estás de flojera, porque no te alimentas! No te nutres con la Palabra de Dios. Tu Palabra me da vida, y tu Palabra es como sentencia para nuestra vida, pero, ¡qué gozo que la sentencia de Dios sea siempre el perdón y la misericordia!
Y la Palabra de Dios es como un paño muy limpio, que Dios pone en nuestras manos; muy blanco para poder limpiar los ojos y el corazón y ver a Dios. ¿Queremos ver a Dios? Pues se pone en nuestras manos este paño blanco que limpia el corazón. Solamente los limpios de corazón pueden ver a Dios.
Y tenemos este paño de la Palabra en nuestras manos, a nuestra disposición. ¿Qué les ocurrió a aquellos discípulos de Emaus? Estaban allí los pobres hombres abatidos. ¡Nos habían prometido la Palabra, nos habían dicho en esta Palabra que Jesucristo nos había dicho... Y aquí estamos y no ha ocurrido nada!
Pero, a medida que les iba explicando las Escrituras, a medida que iban escuchando las Escrituras, la Palabra de Dios, se les abrían los ojos y fueron reconociendo la presencia de Jesucristo. Es ese pan, es una lámpara. "Lámpara es tu Palabra para mis pasos y luz para mis senderos."
Así que te quejas de que el camino es difícil, que hay muchas piedras que te hacen tropezar. Bueno, entre paréntesis, a veces lo que nos hace tropezar no son las piedras que hay en el camino, sino las que cada uno lleva dentro del zapato. Pero, ese es otro tema para otro día. Enseguida vamos a buscar disculpas. ¡Si no es que esté mal el camino, hombre! Pero tienes que tener un poco de valentía, y quitarte los zapatos y sacudir las piedras que tienes dentro.
"¡Lámpara es tu Palabra para mis pasos!" Es luz que alumbra. Tú quieres ir así por el mundo y quieres ir sin luz, sin lámpara. Pues te vas a dar el tortazo. Te quejas de que no tienes criterios, y los tienes al alcance de tu mano.
La Palabra de Dios es como levadura. La mujer se está preparando para hacer el pan: harina, agua, en fin. Lo mezcla, lo revuelve, pero el pan no se hace esponja, no sube. ¡Faltaba la levadura! No, no aquí lo que falta es que la harina sea del mejor trigo candeal. Aquí lo que importa es que el agua sea muy buena y pura. Aquí lo que importa es que la sal sea de las mejores salinas, y todo lo demás, nada, tontería. Lo que hace falta es echarle brazos y bregarla bien. Y no se acepta.
La Palabra de Dios en nuestra vida es como la levadura. No será por no trabajar de la mañana a la noche y no buscar, pensar y leer. Pero falta la Palabra de Dios, falta la Palabra de Dios.
Es la Palabra como ese talento que Dios nos ha dado. La Palabra no es mía, es del que me ha enviado. Yo digo, yo digo, yo digo. ¡Pues nos importa un comino lo que digas Tú! Perdón, no es que no tengamos respeto a las personas, pero hablando de Dios, lo que necesitamos es la Palabra de Dios.
Es que yo digo, es que yo digo, es que yo digo. Pues, bueno, no es esa palabra la que queremos escuchar. La Palabra de Dios es bienaventuranza. Dichoso el que oye la Palabra de Dios y la guarda. Y es fuente de espiritualidad. Si uno guarda la Palabra haremos morada en él. Es el criterio de nuestra vida. Frecuentemente aparece en el Evangelio: "Haz esto y vivirás".
Dice también san Agustín: que toda enfermedad del alma, tiene en la Escritura su propia medicina. Recordarán las personas mayores, o recordaremos las personas mayores que estamos aquí, que antiguamente había en las casas unos libros muy voluminosos, que se llamaban pomposamente "Diccionarios industriales" y que resolvían todos los problemas: que se te ha caído una mancha de tinta en el vestido, pues echas agua caliente; que el niño tiene sarampión, pues pones un trapo colorado en la bombilla para que no le queden manchas. Que... no sé, estos pequeños accidentes o cosas domésticas. Y uno miraba allí: sarampión, sarampión... Que a uno se le había roto una pata al animal… No sé si se buscaba en "pata" o en "mula". Decían lo que tenía que hacer. No voy a comparar, naturalmente, una cosa con otra, pero aquello era la referencia para solucionar nuestros problemas.
Tú no aguantas a tu marido. Se te ha ocurrido. Hay dos caminos: ir al juzgado al "divorcio exprés", o ir a la Palabra de Dios. Tú no sabes cómo llevarte bien con las personas que vives. ¿Qué haces? Despotricas de todos ellos y buscas culpables, o ¿vas al encuentro de la Palabra de Dios? Tú no sabes cómo tratar a tus hijos. La culpa la tienen los medios de comunicación; la culpa la tiene el ambiente en que vivimos. ¿Vas a la Palabra de Dios? Mi corazón está frío en fe. Alejarme. ¿Y por qué no vas a la Palabra de Dios?
Toda enfermedad del alma tiene en la Sagrada Escritura su propia medicina. Pues Dios nos ha dado su Palabra. ¿Qué ocurre? Que en lugar de acudir a la Palabra de Dios, acudimos a tantas cosas distantes. Y como dice una copla: "Dios te ha dado la sabiduría, que una palabrita tuya, vale más que doscientas mías". Pero nosotros vamos a las doscientas mías y olvidamos la sabiduría de Dios.
¡Buscad el Reino de Dios, que todo lo demás se os dará por añadidura! Pues, mira, yo busco las añadiduras y si viene el Reino de Dios, ¡que venga!
Lo hacemos al revés. Busca el Reino de Dios, la Palabra de Dios, las cosas de Dios. Y esta Palabra el Señor la revela, precisamente, a los sencillos, a los humildes. ¿Y por qué a los sencillos? ¿Quiénes son los sencillos?
La sencillez consiste en una cosa muy fácil y otra muy difícil. Vamos a empezar por la fácil. La sencillez consiste en dar la vida por los demás. Así, esto es la sencillez, esto es lo fácil. ¡No nos va a decir usted que lo fácil es dar la vida por los demás...! ¿Te acuerdas cuando tu hija tuvo aquella situación, que te dijeron que tenía un cáncer y que le quedaban unos meses de vida? Y tú fuiste al Señor, al Sagrario para pedirle que te quitara a ti la vida, que ese cáncer se te metiera en las entrañas y te destruyera, pero que no muriera tu hija. Fíjate, qué fácil. Y estarías dispuesto a hacerlo mil veces: dar tu vida antes por la persona que más quieres. Esto es lo fácil. Lo difícil es dar la vida en calderilla, sin que se note, todos los días. Sonreír al que te maltrata, tenerte que esconder para llorar cuando ya no se aguanta... pues muchas cosas. Es olvidarse de los propios gustos, es salir de uno mismo y pensar en los demás, es arrancarse la piel a tiras todos los días por ayudar a los otros, es quitarse el pan de la boca, materialmente, para dárselo a aquel que está pasando mayor necesidad. Es dar la vida, pero sin que se note. Estos son los sencillos, estos son los humildes. No vanas declaraciones: ¡Es que no soy nada, no sirvo para nada!... Esto es literatura que no lo creemos cuando lo decimos. No está la humildad, sino en estar, estar... Tú eres para los demás.
Esta misteriosa eficacia de Dios. Te bendigo, Padre, porque esto se lo revelas Tú a los sencillos, a los humildes. Porque esta sabiduría del encuentro con la Palabra de Dios es un don del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo vive en nosotros. El Espíritu Santo nos configura, nos hace capaces de recibir algo. El ejemplo, no es que sea muy fino, pero no he encontrado otro más a mano. Esto es como un bloque de granito, de piedra. Tú tomas ese bloque de granito y lo llevas a una fuente y abres el grifo. Cae el agua, cae el agua, cae el agua y la piedra no recoge nada del agua, que con tanta abundancia ha caído. Tú llevas esta piedra, este bloque de granito al taller y el cantero le da forma, lo hace en forma de pila, o de cántaro, o de fuente, o de palangana, de lo que sea. Y tú vas a la fuente y enseguida se llena de agua. Es la misma piedra, pero ha tomado forma. Y el Espíritu Santo lo que hace en nosotros es que nos da esa posibilidad. Nos configura con Jesucristo y nos da esa capacidad de gustar. Es el don de la sabiduría de gustar esa Palabra de Dios, ese Espíritu que vive en nosotros para actuar conforme a la Palabra de Dios.
¿Tú, de qué lado estás, del Espíritu de Dios o de otros criterios? ¿Estás de los criterios de Dios, o en otro lado? El Señor hizo un extraordinario milagro, apoteósico, sensible: multiplica el pan, la abundancia. Todo el mundo comiendo y tranquilos y felices. Y cuanto más felices y tranquilos estaban vino uno por detrás, tomó un puñado de ceniza y se lo echó, se lo echó en los brazos. Se terminó la fiesta.
¿Tú, de qué lado estás, del que multiplica el pan, la alegría, la esperanza, o de aquel que echa ceniza en la vida de los demás, que amarga a los otros? Pero lo tuyo es el transmitir esperanza, optimismo, ganas de vivir, no amargar a la gente y quitas la ilusión y la fe. Bueno, pues, esta tarde, con todas estas cosas de las Conferencias Cuaresmales uno está con el ánimo más elevado. Tú, además, eres una persona muy comunicativa, muy alegre. Lo dicen las personas que te conocen, que da gusto estar a tu lado. Pues ahora, cuando vuelvas a tu casa, antes de entrar, cuando estés en el felpudo y a punto de abrir la puerta, no te olvides de cambiar la cara, y poner la cara más larga que tengas y dar la cena y la noche a toda tu familia. ¡Para que se enteren! Porque te han dado un disgusto. ¡Pero si tú no eres así! Todo el mundo dice que eres una persona cordial, amable. No, no, no ¡que se enteren! Tú ¿de qué lado estás? ¿Del nombre de la Palabra de Dios que te manda multiplicar el pan, o de aquel que teniendo el pan de la alegría y la esperanza, lo convierte en piedras y encima se lo tira a la cara a los demás? Di que estas piedras se conviertan en pan.
En otra ocasión fue más espectacular el milagro: a aquel muchacho que era paralítico el Señor le hace el milagro. El muchacho da un brinco y va corriendo a decírselo a sus padres y cuanto más feliz iba y corriendo, sale uno, le echa la zancadilla, se cae de bruces, se rompe las piernas y vuelve a quedar paralítico para toda la vida. Tú ¿al lado de quién estás? ¿De quién ayuda a caminar o del que pone la zancadilla? ¿Del que quita los obstáculos, o del que los pone? ¿Del que allana el camino o hunde a las personas?
En otra ocasión fue todavía más espectacular. Aquel hijo de la viuda de Naín, hijo único y de madre viuda… todos los agravantes. Y a Jesucristo se le abrieron las carnes al ver a aquella pobre madre tan triste, y realiza el Señor el milagro y resucita al hijo de la viuda de Naín. ¡La que se moría ahora era la madre de alegría! Y en el pueblo comenzaron a decir, que si el muchacho era de esta manera, o era otro hombre, que si le habían visto con esas compañías o más allá. Y a la madre le dio tanta pena lo que se decía de su hijo, que preferiría que estuviera muerto. ¿Tú del lado de quién estás? ¿De la Palabra que salva, que resucita, que devuelve la vida, o del que quita la honra con la crítica, con la maledicencia, con las calumnias? ¿De quién estás? ¿De la Palabra de Dios en esa forma eficaz o en otro lugar?
Decía un famoso filósofo después de convertido: no sé como me las arreglaba yo, que Dios estaba en todo lugar y yo siempre me encontraba en otro sitio. ¡Cosa dificilísima!
Tú, ¿de qué lado te encuentras? Dios está llenándolo todo y yo parece que me encuentro en otro sitio. Y esta Palabra, ¿dónde escuchamos esta Palabra de Dios? ¿Dónde se encuentra esta Palabra de Dios para ir a buscarla cuanto antes? ¡Y comprarla y llenar nuestra vida con esta Palabra! ¿Dónde se encuentra esta Palabra de Dios?
A Jesús le despojan de sus vestiduras. La túnica no se rompe; la túnica permanece completa. Se la rifan.
En la Tradición, sobre todo en los Padres orientales, la túnica de Jesucristo significa la Iglesia. A Jesucristo lo encontramos vestido con esa túnica. Por la túnica reconocemos al Señor. La túnica después de tantas rifas y de tantas cosas, puede tener manchas y estar sucia, pero la culpa no es de la túnica, sino de aquellos que la tomaron en sus manos, que estaban sucias.
La túnica puede tener manchas, pero es la Iglesia y esa Iglesia es la depositaria de la Palabra de Jesucristo. Y gracias a la Iglesia todos nosotros bautizados, podemos conocer la Palabra de Cristo. Y la Iglesia es la que nos predica la Palabra de Cristo, la que nos anuncia la Palabra de Cristo, la que da la Palabra de Cristo. Danos, le decían a san Agustín -él que había sido un filósofo relevante-, explícanos, le decían, explícanos todas estas cosas del mundo, explícanos estos problemas, estas conductas torcidas. Explícanos por qué unos tienen mucho y otros tienen poco. ¡Explícanos! Total, que le pedían explicaciones sobre todos los problemas que agobiaban a la sociedad de entonces y a la de ahora. Y san Agustín siempre les respondía lo mismo. Igual que ahora hacemos estas preguntas a la Iglesia. Yo, decía, san Agustín, yo no puedo daros otro pan, sino de aquel del que yo mismo me alimento. Es éste, no tengo otro Pan, que el Pan de la Palabra de Dios.
Le pedimos: y, ¿por qué ocurre esto, y por qué ocurre lo otro, y por qué hay mucha gente que nada en la abundancia, y gente que nada tiene? Yo no puedo daros otro pan, sino de aquel que yo mismo me alimento. Y la Iglesia no puede dar otro pan, sino de aquel que Ella se alimenta: de la Palabra de Dios. Y cuando damos este pan, unas veces se recibe con gratitud en las manos y otras pasa las manos. Pero la Iglesia tiene que cumplir su misión. Es la túnica de Cristo, revestíos. Cuando le quitaron a Cristo las vestiduras, ¿a quién le tocó esa túnica? A ti y a mí. Y vamos revestidos así, como hijos de la Iglesia. Es esa túnica de Cristo. La Iglesia, que no tiene ninguna nostalgia del pasado, ni tiene ningún miedo al futuro. Eso es arrogancia, es presunción, altanería, es orgullo. La Iglesia no tiene nostalgia del pasado, ni tiene miedo al futuro, porque es el Dios del presente. Porque la Palabra de Dios rompe todas las circunstancias del tiempo, de los momentos. Cambiamos nosotros, las circunstancias, los momentos, los días, pero el amor permanece. Y la Palabra es la expresión del amor de Dios.
Cuando tu hijo era pequeñito, lo querías con toda el alma, y cuando es mayor, también. Ha cambiado tu hijo: su aspecto, su edad, su figura. Tu amor no ha cambiado, sino que es cada día más fuerte.
La Palabra de Dios nos transforma, nos transforma completamente. En el milagro de Caná el agua se convirtió en vino. La Palabra realiza este milagro, que convierte las cosas. En el Bautismo, pues, por obra y gracia del Espíritu y Santo. La acción del Espíritu, pues es una nueva criatura. Por obra y gracia del Espíritu Santo se perdonan nuestros pecados. Por obra y gracia del Espíritu Santo en el matrimonio, los que eran dos, se convierten en una sola cosa. Por otra gracia del Espíritu Santo, aquella mujer bendita se hace Madre de Dios. Por obra y gracia de Dios, el pan se convierte en Eucaristía. ¡Lo que es capaz de hacer el Espíritu Santo cuando alguien se pone en sus manos!
Decimos que el Espíritu Santo lo que hace es poner a Jesucristo, la Palabra de Jesucristo en nuestra vida. Pero, también, los Padres dicen que es en Caná (no está en el Evangelio, por tanto son simplemente tradiciones antiguas) se hicieron otros dos milagros: y es que el vino que se sacaba de la tinaja donde se había realizado el milagro, por más vino y vino y vino que se sacaba, nunca se agotaba, nunca se agotaba.
¿Es qué tú, de querer a tu gente, a tus padres, a tus hijos, a tu familia, te has quedado sin amor? O cuanto más les quieres, más les quieres querer. ¿Cuántos años hace que murieron tus padres? Y cada día los quieres más. ¡Ni la muerte siquiera nos libra! Ni la muerte es capaz de quitarnos el amor a quienes queremos. ¡No se agota nunca!
¡Oh, qué tiempos nos ha tocado vivir! ¡Qué mareo, qué pesadez, qué fastidio! Pues, son los tiempos en los que tenemos que servir a Dios y a nuestros hermanos, ¡y punto! Pero, todavía otro milagro. No solamente es que no se agotara el vino que se sacaba de aquella tinaja, sino que, además era más bueno, era mejor cada día. Bueno, usted tiene fama de ser optimista. Si creer en Dios es ser optimista, me apunto sin ninguna reserva.
El Verbo de Dios se hizo carne, vino a nosotros. El misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y su presencia entre nosotros, nunca, nunca retrocede. No nos podemos dejar llevar de las apariencias o circunstancias. Además, la Iglesia está en el mundo, no para claudicar ante las circunstancias, sino para evangelizar en cualquier circunstancia y en cualquier momento. Y es una Iglesia, como nos decía Benedicto XVI, es una Iglesia actualmente, pues, una Iglesia libre.
La Palabra de Dios no está encadenada y nada nos puede impedir el vivir conforme a esta Palabra del Señor. Es, pues, una Iglesia viva, porque siempre tenemos los Sacramentos. ¡Y es una Iglesia valiente, valiente! Esto es arrogancia, presunción. Es una Iglesia valiente. ¿Por qué? Por la caridad y el amor. Porque la medida del amor, es un amor sin medida. La Iglesia es valiente, porque no hay herida donde no quiera estar y llevar el bálsamo y la pomada de la eficacia y de la justicia. Esta es la valentía de la Iglesia, la valentía del amor, que se rompe el alma por servir a los demás. Aquí podíamos decir nosotros muchas cosas, de las proporciones. El 42 % de los centros de asistencia social donde están los pobres, los marginados, los humildes, los más empobrecidos, el 40 %, casi la mitad, son de titularidad de la Iglesia.
Frecuentemente en nuestras diócesis, los presupuestos de Cáritas Diocesana son superiores a los de la Administración General de la Diócesis; es decir, que puestos en una balanza, el platillo de Cáritas pesa más que lo que gastamos en todo lo demás. ¡Dios mío, qué felicidad!
Aquí podíamos decir tantas cosas... En algunas regiones la Iglesia, con sus instituciones, es la empresa, entre comillas, que más puestos de trabajo genera: hospitales, colegios... Bueno, y todo esto ¿por qué no se dice? Porque se nos cae la cara de vergüenza de utilizar los nombres para presumir nosotros. Tú nunca presumirías de lo que te cuesta dar de comer a tus hijos. Tus hijos no son para presumir, sino para quererles con toda el alma. Además, la credibilidad de la Iglesia nunca va a venir por los números, siempre va a llegar por las personas.
La Iglesia ofrece lo que tiene y ofrece la Palabra de Dios. No la impone, pero lo suyo es sembrar, es decir, es predicar, es anunciar; pero no puede dejar de decir aquello que ha recibido del Señor para compartir con los demás, este encuentro con la Palabra de Dios y que es obligación llevar a los demás. Esa Palabra que encontramos en la Sagrada Escritura, que se nos ofrece en la homilía cada domingo, en la celebración de los Sacramentos, y que hay que buscar, hay que descubrir esa presencia de Dios con su Palabra. Con este ejercicio de la "Lectio Divina", que es leer la Palabra de Dios. Una lectura cálida. Esto se ha dicho para mí, esto es lo que Dios quiere en mi vida. Y después pedir a Dios ayuda y sentir este alimento de la Palabra.
Nosotros anunciamos la Palabra, pero, atención, nosotros ponemos el instrumento, la catequesis, las distintas formas de anuncio de la Palabra del Señor, nosotros ponemos la voz, y solamente Él, Jesucristo, es la Palabra.
¡Toda la noche trabajando!, dicen los discípulos. ¡Mira qué no hemos luchado por educar bien en cristiano a nuestros hijos! ¡Mira qué no hemos luchado toda la noche trabajando y qué poco hemos conseguido!
Les dice Cristo: "Echad de nuevo las redes". Pero si hemos hecho lo indecible, ¡hombre! Echad de nuevo las redes. Y se rompían con la abundancia. Es esta confianza siempre en la Palabra de Dios, que es el Señor. Muy malo es morir de sed, pero mucho peor teniendo la fuente de agua cerca.
El tentador le dice: "Di que estas piedras se conviertan en pan". Y el Señor no solamente puede convertir las piedras en pan, sino que las convierte en Eucaristía. ¿Y qué tenemos que hacer entonces para vivir de esta manera?
La Santísima Virgen María en varias ocasiones tuvo que escuchar de sus cosas que no comprendía. Se pierde el Niño. Se pierde su Hijo tres días. Hay que pensar en ese pobre matrimonio de José y María. ¡Qué fatiga! Un día, otro día, otro día. ¡Y lo encuentran! Y el Niño dice que tiene que ocuparse de cosas más importantes. ¡Vaya, por Dios! Su Madre María no comprendía nada, pero lo guardaba en su corazón.
Las cosas grandes no se comprenden con la cabeza, se viven. Pues, ¡anda que no has dicho veces que no comprendes a tus hijos, su forma de ser y sus ideas! Y los quieres con toda el alma. ¡Qué tiene que ver una cosa con la otra! Las cosas grandes no se comprenden, pero se viven.
Y María guardaba todo esto en su corazón. Pero el corazón de María era puro, era limpio, santo. Nosotros, ¿qué vamos a hacer? Lo mejor de nosotros es meternos en el corazón de Cristo, y sentirlo todo como se siente desde el corazón de Cristo, vivirlo como se vive de Cristo. Porque Cristo es la Palabra viva que ha venido a nosotros. Y así, a pesar de estos pesares, las heridas de la indiferencia, de la frialdad, del no querer nada con Dios, todas estas heridas están abiertas en nuestra vida. ¿Qué vamos a hacer? Pues, si estamos tan enfermos, lo mejor es ir al hospital y cuanto antes. Pero no es el hospital particular, un hospital que se llama de las misericordias de Dios, y en este hospital, quien pone los bálsamos, los aceites y las pomadas para curar las heridas, es la primera enfermera. En el hospital de las misericordias de Dios, la enfermera es la Santísima Virgen María. Con tan buenas luces de la Palabra de Dios, ¡cómo no se van a disipar las tinieblas!