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P.
Raniero Cantalamessa, ofmcap.
LA
EUCARISTÍA
Una Catequesis mistagógica sobre la Misa
Barcelona,
4 de març de 2007
El
modo más simple y directo para ilustrar el misterio eucarístico
es comprender la Misa en la que es celebrado y vivido. Por tanto,
seguiremos este camino. En la antigüedad cristiana existía
un tipo de catequesis especial llamada catequesis mistagógica.
A diferencia de la catequesis ordinaria, era impartida después,
no antes del bautismo, por el obispo mismo y no por subalternos.
Su objetivo, como dice el nombre, era "introducir a los fieles
en las profundidades del misterio".
Era
el momento en que se revelaban a los neófitos los misterios
más sagrados, que se habían tenido escondidos hasta
ese momento, en razón de la "disciplina del arcano",
para evitar toda profanación posible. La Eucaristía
era el centro y el corazón de la catequesis mistagógica.
Basta leer las catequesis mistagógicas de san Cirilo de Jerusalén
para darse cuenta de la solemnidad y del clima espiritual que se
respiraban en dichos momentos.
Querría
renovar, al menos en parte, esa experiencia. Para nosotros la Eucaristía
no es algo nuevo a descubrir, es algo antiguo y familiar, pero,
precisamente por esto, quizá necesitada de ser rescatada
de la costumbre. Uno de los fines que Juan Pablo II, en su carta
apostólica, asignaba al año eucarístico del
2004, era el de resucitar el "estupor eucarístico",
es decir, la capacidad de asombrarse nuevamente ante la "enormidad"
(así la define Claudel) que es la Eucaristía.
La
Misa está compuesta de tres momentos esenciales: la liturgia
de la palabra, la liturgia eucarística y la comunión.
Reflexionaremos sobre cada una de estas tres partes.
1. La Liturgia de la palabra
1.1.
Una mirada a la historia
En los comienzos de la Iglesia la liturgia de la palabra estaba
separada de la liturgia eucarística. Los discípulos
participaban en el culto del templo. Allí escuchaban la lectura
de la Biblia, recitaban los salmos y las oraciones junto con los
demás hebreos; luego se reunían aparte en sus casas
para "partir el pan", es decir, celebrar la Eucaristía
(Hech 2, 43). Muy pronto esta praxis se hizo imposible tanto por
la hostilidad respecto de ellos por parte de la comunidad hebrea,
como porque las Escrituras habían adquirido ya para ellos
un sentido nuevo, orientado todo hacia Cristo.
Fue así como la escucha de la Escritura se trasladó
del templo o de la sinagoga a los lugares de culto cristiano, convirtiéndose
en la actual liturgia de la palabra que precede a la plegaria eucarística.
San Justino, en el siglo II, da una descripción de la celebración
eucarística en la que ya están presentes todos los
elementos esenciales de la actual Misa. No sólo la liturgia
de la palabra es parte integrante de ella, sino que a las lecturas
del Antiguo Testamento se acercan en ese momento "las memorias
de los apóstoles", es decir, los evangelios y las cartas,
prácticamente el Nuevo Testamento
1.2 Presencia del acontecimiento en la Palabra
Escuchadas en la liturgia, las lecturas bíblicas adquieren
un sentido nuevo y más fuerte que cuando son leídas
en otros contextos. No tiene tanto el objetivo de conocer mejor
la Biblia, cuanto el de reconocer a quién se hace presente
el la fracción del pan, el de iluminar cada vez un aspecto
del misterio que se va a recibir. Esto es lo que se ve en el episodio
de los dos discípulos de Emaús: escuchando la explicación
de las Escrituras, el corazón de los discípulos comenzó
a ablandarse de modo que luego fueron capaces de reconocerlo en
la fracción del pan.
En la misa, las palabras y los episodios de la Biblia no son solamente
narrados, sino revividos: la memoria se hace realidad y presencia.
Lo que sucedió "en aquel tiempo", tiene lugar "en
este tiempo", "hoy" (hodie), como le gusta expresarse
a la liturgia. Nosotros no sólo somos oyentes de la palabra,
sino interlocutores y actores en ella. A nosotros, allí presentes,
se nos dirige la palabra; somos llamados a asumir el puesto de los
personajes evocados.
Algunos ejemplos ayudarán a entender. En la primera lectura,
se lee el episodio de Dios que habla a Moisés desde la zarza
ardiente: en la Misa, nosotros estamos ante la verdadera zarza ardiente....
De Isaías se lee que recibe en los labios el carbón
ardiente que le purifica para la misión: nosotros vamos a
recibir en los labios el verdadero carbón ardiente, el que
ha venido a traer fuego a tierra... Ezequiel es invitado a comer
el rollo de los oráculos proféticos y nosotros nos
disponemos a comer a quien es la palabra misma hecha carne y hecha
pan...
La cosa se hace todavía más clara en el momento en
el que del Antiguo Testamento pasamos al Nuevo, de la primera lectura
al texto evangélico.. La mujer que sufría hemorragias
está segura de que será curada si logra tocar el borde
del manto de Jesús: ¿Qué decir de nosotros
que vamos a tocar mucho más que el borde de su manto? Escuchaba
yo una vez en el evangelio el episodio de Zaqueo y fui tocado por
su "actualidad". Yo era Zaqueo; a mí se dirígían
las palabras: Hoy debo alojarme en tu casa; de mí, tras haber
recibido la comunión, se podía decir con toda verdad:
¡Ha ido a alojarse a casa de un pecador! Y era a mí
a quien Jesús decía: Hoy ha llegado la salvación
a esta casa.
Lo mismo se puede decir de cualquier otro episodio evangélico.
En el domingo II del Tiempo Ordinario de este año se leía
en la misa el evangelio de las bodas de Caná. Con claridad
extraordinaria se me pareció cómo en la Misa se renueva
el milagro de Caná. El diácono que llena los tres
cálices era uno de los servidores que llenaban las tinajas
de agua. En el momento de la consagración sentí que
estaba asistiendo al milagro del agua que se convertía en
vino. En la comunión, como uno de los invitados, era consciente
de que saboreaba el vino mejor. Y no se trataba de una aplicación
arbitraria, porque se sabe que el simbolismo eucarístico
está dentro del relato evangélico de Canà.
No sólo los hechos, sino también las palabras del
evangelio escuchadas en la Misa, adquieren un sentido nuevo y más
fuerte. Un día de verano, me encontraba celebrando la Misa
en un pequeño monasterio de clausura. Como texto evangélico
teníamos Mateo 12. No olvidaré nunca la impresión
que me hicieron las palabras de Jesús: Aquí ahora
hay uno que es más que Jonás..., Aquí ahora
hay uno que es más que Salomón. Entendía que
aquellos dos adverbios "ahora" y "aquí"
significaban verdaderamente ahora y aquí, es decir, en ese
momento y en ese lugar, no sólo en el tiempo en el que Jesús
estuvo en la tierra hace tantos siglos.
Tuve un escalofrío que me sacudió de mi sopor: allí,
delante de mí, había, por tanto, uno que era más
que Jonás, más que Salomón, más que
Abraham, más que Moisés: ¡Estaba el Hijo de
Dios vivo y verdadero¡ Desde ese día de verano, esas
palabras se me han hecho queridas y familiares de modo nuevo. A
menudo, en la Misa, en el momento en que hago la genuflexión
y me levanto tras la consagración, me viene repetir en mi
interior: ¡Aquí hay uno que es más que Salomón!
¡Aquí hay uno que es más que Jonás!.
2. La consagración
Pasamos ahora a explicar el segundo momento de la misa, la liturgia
eucarística. Jesús, después de haber partido
el pan y mientras lo daba a sus discípulos, dijo: Tomad,
comed, éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros (Mt
26, 26; Lc 22, 19). Quiero contar, a propósito de esto, mi
pequeña experiencia, es decir cómo llegué a
descubrir la dimensión eclesial y personal de la consagración
eucarística.
2.1. Tomad, comed: esto es mi cuerpo
Desde mi ordenación yo vivía de este modo el momento
de la consagración en la santa misa: cerraba los ojos, inclinaba
la cabeza, trataba de aislarme de todo aquello que me rodeaba para
ensimismarme sólo en Jesús que, en el cenáculo,
antes de morir, pronunció por primera vez aquellas palabras:
Tomad, comed... La misma liturgia favorecía este comportamiento,
haciendo pronunciar las palabras de la consagración en voz
baja y en latín, inclinados sobre las especies, revueltos
hacia el retablo y no hacia la asamblea.
Después, un día me di cuenta de que tal comportamiento,
por sí solo, no expresaba todo el significado de mi participación
en la consagración. ¡Aquel Jesús del cenáculo
ya no existe!, ahora existe el Jesús resucitado; para ser
exactos, el Jesús que había muerto y que ahora vive
para siempre (cfr. Ap 1, 18). Y este Jesús es el "Cristo
total", Cabeza y cuerpo inseparablemente unidos. Así
pues, si este Cristo total es el que pronuncia las palabras de la
consagración, también yo las pronuncio con él.
En el gran "Yo" de la Cabeza, se esconde el pequeño
"yo" del cuerpo que es la Iglesia. Está también
mi pequeñísimo "yo" y también él
dice a quien está delante: Tomad y comed todos de él,
porque esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros.
Desde el día en que comprendí esto, ya no cierro los
ojos en el momento de la consagración, sino que miro a los
hermanos que tengo delante o, si celebro solo, pienso en aquellos
que encontraré durante el resto de la jornada y a los que
tendré que dedicar mi tiempo, o pienso incluso en toda la
Iglesia y, dirigido a ellos, digo como Jesús: Tomad, comed,
esto es mi cuerpo.
Algunas palabras de san Agustín, se encargaron más
tarde de despejar cualquier duda sobre esta intuición mía,
haciéndome ver que esta actitud pertenecía a la doctrina
más "sana" de la tradición: "En el
sacramento del altar se le muestra que, ofreciendo a Dios la oblación,
la Iglesia se ofrece a sí misma (in ea re quam offert, ipsa
offertur)" .
2.2. Una parábola moderna
Por lo tanto, todo es transparente y seguro en esta visión
de la consagración eucarística. Hay dos cuerpos de
Cristo en el altar: está su cuerpo real (el cuerpo "nacido
de María Virgen", resucitado y ascendido al cielo) y
está su cuerpo místico que es la Iglesia. Pues bien,
en el altar está presente realmente su cuerpo real, y está
presente místicamente su cuerpo místico, donde "místicamente"
significa: en virtud de su inseparable unión con la Cabeza.
No hay ninguna confusión entre las dos presencias que son
bien distintas, pero tampoco hay división alguna.
Nuestra ofrenda y la ofrenda de la Iglesia no sería nada
sin la de Jesús; no sería ni santa ni agradable a
Dios, porque sólo somos criaturas pecadoras. Pero la ofrenda
de Jesús, sin la de la Iglesia que es su cuerpo, no sería
suficiente (no sería suficiente, claro está, para
la redención pasiva, es decir, para recibir la salvación;
pero sí lo sería para la redención activa,
es decir, para procurar la salvación);esto es tan verdadero
que la Iglesia puede decir con san Pablo: Completo en mi carne lo
que falta a las tribulaciones de Cristo (cfr. Col 1, 24).
Y puesto que hay dos "ofrendas" y dos "dones"
en el altar -el que se debe transformar en el cuerpo y la sangre
de Cristo (el pan y el vino) y el que se debe transformar en el
cuerpo místico de Cristo-, hay también dos "epíclesis"
en la misa, es decir, hay dos invocaciones del Espíritu Santo.
En la primera se dice: "Por eso, Señor, te suplicamos
que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos
separado para ti, de manera que sean cuerpo y sangre de Jesucristo";
en la segunda, que se recita después de la consagración,
se dice: "Y llenos de su Espíritu Santo, formemos en
Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Que él (el
Espíritu) nos transforme en ofrenda permanente".
Jesús explicaba las cosas del reino con parábolas:
adoptemos por una vez su método y tratemos de entender, con
la ayuda de una parábola moderna, lo que sucede en la celebración
eucarística. En una gran hacienda había un dependiente
que amaba y admiraba desmesuradamente al dueño de la empresa.
Por su cumpleaños quiso hacerle un regalo. Pero antes de
presentárselo pidió en secreto a todos sus colegas
que pusieran su firma en el regalo. Por tanto, llegó a manos
del dueño como el regalo indistinto de todos sus dependientes
y como un signo de estima y de amor de todos ellos, pero, en realidad,
sólo uno había pagado el precio del mismo.
¿No es exactamente lo que sucede en el sacrificio eucarístico?
Jesús admira y ama ilimitadamente al Padre celestial. Quiere
hacerle cada día, hasta el fin del mundo, el regalo más
precioso que se pueda pensar: el de su misma vida. En la Misa invita
a todos sus "hermanos" para que pongan su firma en el
regalo, de modo que llega a Dios Padre como el regalo indistinto
de todos sus hijos: "el sacrificio mío y vuestro",
lo llama el sacerdote en el Orate fratres (Orad hermanos). Pero,
en realidad, sabemos que sólo uno ha pagado el precio de
dicho regalo. ¡Y qué precio!
Nuestra firma son las pocas gotas de agua que se mezclan con el
vino en el cáliz, como explica la oración que acompaña
el gesto: "El agua unida al vino sea signo de nuestra participación
en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición
humana". Nuestra firma es, sobre todo, ese Amén solemne
que la liturgia hace que pronuncie toda la asamblea como final de
la Plegaria eucarística: "Por Cristo, con él
y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu
Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén!
Es como quien dijera: "Me uno a lo que se ha hecho y dicho,
lo suscribo a todo.
Ahora sabemos cómo la eucaristía hace la Iglesia:
la eucaristía hace la Iglesia, haciendo de la Iglesia una
eucaristía. La eucaristía no es sólo, genéricamente,
la fuente o la causa de la santidad de la Iglesia; es también
su "forma", es decir su modelo. La santidad del cristiano
debe realizarse según la "forma" de la eucaristía;
debe ser una santidad eucarística. El cristiano no puede
limitarse a celebrar la eucaristía, debe ser eucaristía
con Jesús.
2.3. Qué significan cuerpo y sangre
Ahora podemos sacar las consecuencias prácticas de esta doctrina
para nuestra vida cotidiana. Si en la consagración somos
también nosotros los que decimos, dirigiéndonos a
los hermanos, "Tomad, comed, esto es mi cuerpo; tomad, bebed,
ésta es mi sangre", debemos saber qué significan
"cuerpo" y "sangre" para saber lo que ofrecemos.
¿Qué quería darnos Jesús, con aquellas
palabras de la última cena: "Esto es mi cuerpo"?
La palabra "cuerpo" no indica, en la Biblia, un componente
o una parte del hombre que, unida a los otros componentes, que son
el alma y el espíritu, forman el hombre completo. En el lenguaje
bíblico, y por lo tanto en el lenguaje de Jesús y
en el de Pablo, "cuerpo" designa al hombre entero, al
hombre en su totalidad y unidad; designa al hombre en cuanto que
vive en una condición corpórea y mortal. "Cuerpo"
indica, pues, toda la vida. Jesús, al instituir la eucaristía,
nos ha dejado como don toda su vida, desde el primer instante de
la encarnación hasta el último momento, con todo lo
que concretamente había llenado dicha vida: silencio, sudores,
fatigas, oración, luchas, humillaciones...
Después Jesús dice también: Ésta es
mi sangre. ¿Qué añade con la palabra "sangre",
si con su cuerpo ya nos ha dado toda su vida? ¡Añade
la muerte! Después de habernos dado la vida, nos da también
la parte más preciosa de ésta: su muerte. El término
"sangre" en la Biblia no indica una parte del cuerpo,
es decir, no se refiere a una parte del hombre; este término
indica más bien un acontecimiento: la muerte. Si la sangre
es la sede de la vida (esto es lo que se creía entonces),
su "derramamiento" es el signo plástico de la muerte.
Ahora, descendiendo a cada uno de nosotros, podemos preguntarnos
qué ofrecemos al entregar nuestro cuerpo y nuestra sangre
junto con Jesús en la misa. Ofrecemos también nosotros
lo mismo que ofreció Jesucristo, nuestro Señor: la
vida y la muerte. Con la palabra "cuerpo", damos todo
aquello que constituye la vida que llevamos a cabo en este cuerpo:
tiempo, salud, energías, capacidades, afecto, quizá
esa sonrisa que sólo un espíritu que vive en un cuerpo
puede ofrecer y que es, a veces, algo extraordinario.
Con la palabra "sangre", expresamos también nosotros
la ofrenda de nuestra muerte; pero no necesariamente la muerte definitiva,
el martirio por Cristo o por los hermanos. Es muerte todo aquello
que en nosotros, desde ahora, prepara y anticipa la muerte: humillaciones,
fracasos, enfermedades, limitaciones debidas a la edad, a la salud,
todo aquello que nos "mortifica".
Todo esto exige, sin embargo, que cada uno de nosotros, nada más
salir a la calle al término de la misa, nos pongamos manos
a la obra para realizar lo que hemos dicho; que, a pesar de todos
nuestros límites, nos esforcemos realmente en ofrecer para
los hermanos nuestro "cuerpo", es decir, nuestro tiempo,
nuestras energías, nuestra atención; en una palabra,
nuestra vida.
2,4. Toda la vida una eucaristía
Tratemos de imaginar qué sucedería si celebrásemos
la Misa con esta participación personal, si dijéramos
realmente todos, en el momento de la consagración, unos en
voz alta y otros en silencio, cada uno según su ministerio:
Tomad, comed... Imaginemos una madre de familia que celebra así
su misa, y después va a su casa y empieza su jornada hecha
de multitud de pequeñas cosas. Su vida es, literalmente,
desmigajada; pero lo que hace no es en absoluto insignificante:
¡Es una eucaristía junto con Jesús!
Pensemos en una religiosa que viva de este modo la Misa; después
también ella se va a su trabajo cotidiano: niños,
enfermos, ancianos... Su vida puede parecer fragmentada en miles
de cosas que, llegada la noche, no dejan ni rastro; una jornada
aparentemente perdida. Y, sin embargo, es eucaristía; ha
"salvado" su propia vida.
Imaginemos un sacerdote, un párroco, un obispo, que celebra
así su misa y después se va: ora, predica, confiesa,
recibe a la gente, visita a los enfermos, escucha... También
su jornada es eucaristía. Un gran maestro de espíritu,
decía: "Por la mañana, en la misa, yo soy el
sacerdote y Jesús es la víctima; durante la jornada,
Jesús es el sacerdote y yo soy la víctima" (P.
Olivaint).
¿Y los jóvenes? ¿Qué tiene que decir
la Eucaristía hoy a los jóvenes? Basta que pensemos
una cosa: ¿Qué quiere el mundo de los jóvenes
y de las chicas, hoy? ¡el cuerpo, nada más que el cuerpo!
El cuerpo, en la mentalidad del mundo es esencialmente un instrumento
de placer y de goce. Algo que vender, exprimir mientras se es joven
y atractivo y luego para tirar, junto con la persona, cuando ya
no sirve para estos fines. Especialmente el cuerpo de la mujer se
ha convertido en mercancía de consumo. Pensemos en el uso
que de él se hace en el mundo del espectáculo, en
cierta publicidad, en los periódicos, televisiones, internet.
Enseñemos a decir a los jóvenes y chicas cristianas,
en el momento de la consagración: Tomad, comed, esto es mi
cuerpo que se entrega por vosotros. Así se consagra el cuerpo,
se convierte en algo sagrado, ya no se puede "dar en alimento"
a la concupiscencia propia y ajena, ya no se puede vender, porque
se ha entregado. Se ha hecho eucaristía con Cristo.
El apóstol Pablo escribía los primeros critianos:
El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor....
glorificad pues a Dios con vuestro cuerpo (1Cor 6, 13.20); glorifica
a Dios con el propio cuerpo el célibe y la virgen que lo
consagran a un amor indiviso a Cristo, en favor de los hermanos;
glorifica a Dios con el propio cuerpo quien se casa, haciendo de
él un don de amor para la alegría del cónyuge
y para la transmisión de la vida.
Pero el "cuerpo" no es sólo sexualidad. Decir:
"Esto es mi cuerpo" significa, para un joven, decir también:
¡Esta es mi juventud, mis ganas de vivir, mi entusiasmo, mi
alegría, mi esperanza: todo ello cosas de las que quiero
hacer un don también para vosotros!
Pero no hay que olvidar que también hemos ofrecido nuestra
"sangre", es decir, nuestras pasiones, las mortificaciones.
Éstas son la mejor parte que el mismo Dios destina a quien
tiene más necesidad en la Iglesia. Cuando ya no podemos seguir
ni hacer aquello que queremos, es cuando podemos estar más
cerca de Cristo. Gracias a la eucaristía, ya no existen vidas
"inútiles" en el mundo; nadie debería decir:
"¿De qué sirve mi vida? ¿Para qué
estoy en el mundo?" Estás en el mundo para el fin más
sublime que existe: para ser un sacrificio vivo, una eucaristía
con Jesús.
3.
La comunión eucarística
3,1. El hombre es lo que come
Nos queda de presentar ahora el tercer momento esencial de la Misa,
la comunión. Un filósofo ateo dijo: "El hombre
es lo que come", queriendo decir con ello que en el hombre
no existe una diferencia cualitativa entre materia y espíritu,
sino que todo en él se reduce al componente orgánico
y material. Y con ello, se ha vuelto a dar, una vez más,
el hecho de que un ateo, sin saberlo, ha dado la mejor formulación
de un misterio cristiano. Gracias a la eucaristía, el cristiano
es verdaderamente lo que come. Hace ya mucho tiempo, escribía
san León Magno: "Nuestra participación en el
cuerpo y sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos
en aquello que comemos"
Pero escuchemos lo que dice, a propósito de esto, el mismo
Jesús: Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo
vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por
mí (Jn 6, 57). La preposición "por" (en
griego, dià) tiene aquí valor causal y final: indica
a la vez un movimiento de proveniencia y un movimiento de destino.
Significa que quien come el cuerpo de Cristo vive "por"
Él, es decir, a causa de Él, en virtud de la vida
que proviene de Él, y vive "en vista de" Él,
es decir, para su gloria, su amor, su Reino. Como Jesús vive
del Padre y para el Padre, así, al comulgar en el santo misterio
de su cuerpo y de su sangre, vivimos de Jesús y para Jesús.
En efecto, el principio vital más fuerte es el que asimila
consigo al menos fuerte, no al contrario. El vegetal es el que asimila
al mineral, no al contrario; es el animal el que asimila al vegetal
y al mineral, no al contrario. Así ahora, en el plano espiritual,
el principio divino es quien asimila consigo al humano, no al contrario.
De manera que mientras en todos los demás casos quien come
es quien asimila lo que come, aquí el que es comido asimila
a quien lo come. A quien se acerca a recibirlo Jesús le repite
lo que decía a Agustín: "No serás tú
quien me asimile, sino que seré yo quien te asimile"
.
3,2. Lo que falta a la plena encarnación
Estos son ejemplos clásicos. En cambio, querría insistir
en otro aspecto de la comunión eucarística sobre el
cual se habla menos. La carta a los Efesios dice que el matrimonio
humano es un símbolo de la unión entre Cristo y la
Iglesia (cf. Ef 5, 31). Ahora bien, según san Pablo, la consecuencia
inmediata del matrimonio es que el cuerpo del marido llega a ser
de la esposa y, viceversa, el cuerpo de la esposa llega a ser del
marido (cf. 1Co 7,4). ("Cuerpo", hemos visto significa
en la Biblia toda la persona, no solamente su componente física).
Aplicado a la Eucaristía, esto significa que la carne incorruptible
y vivificadora del Verbo encarnado se hace "mía",
pero también mi carne, mi humanidad, se hace de Cristo. En
la Eucaristía recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo,
pero ¡también Cristo "recibe" nuestro cuerpo
y nuestra sangre! Él nos dice: "Toma, esto es mi cuerpo",
pero también nosotros podemos decirle: "Toma, esto es
mi cuerpo".
No hay nada en mi vida que no pertenezca a Cristo. Nadie debe decir:
"¡Ah, Jesús no sabe lo que quiere decir ser una
mujer, estar casado, haber perdido un hijo, estar enfermo, ser anciano,
ser persona de color!" Si lo sabes tú, también
lo sabe él, gracias a ti y en ti. Lo que Cristo no ha podido
vivir "según la carne", habiendo sido su existencia
terrena, como la de todo hombre, limitada a algunas experiencias,
lo vive y "experimenta" ahora como resucitado "según
el Espíritu", gracias a la comunión esponsal
de la Misa. Todo lo que "faltaba" a la plena "encarnación"
del Verbo se "realiza" en la Eucaristía. La beata
Isabel de la Trinidad comprendió el motivo profundo de esto
cuando escribía: "La esposa pertenece al esposo. El
mío me ha tomado. Quiere que sea para Él una humanidad
añadida".
3,3. Una apropiación indebida
En el rito de la misa anterior a la reforma, antes de iniciar el
ofertorio, el sacerdote se dirigía al pueblo con el saludo
Dominus vobiscum (El Señor esté con vosotros) y esto
es lo que el poeta Claudel leía en esas palabras y en la
mirada implorante del sacerdote:
"¡El
Señor esté con vosotros, hermanos! Hermanos, ¿me
oís?
Mi pequeña grey, no es sólo la patena, no es sólo
el cáliz con el vino,
eres tú, toda entera, mi pequeña grey, lo que yo querría
tener y levantar entre manos...
Ahora se te presenta el plato para la ofrenda; ¿no tienes
otra cosa que esa mísera moneda para poner en él?...
¿No tienes otra cosa que abrir que tu monedero?
¿No hay aquí nadie que sufre?...
¿No hay afligidos entre vosotros? ¿De verdad? ¿Ningún
pecado, ningún dolor?
¿Ninguna madre que haya perdido el hijo? ¿Ningún
fracasado sin culpa propia?
¿Ninguna chica abandonada por el novio porque el hermano
le ha devorado la dote?
¿Ningún enfermo al que el médico haya diagnosticado
y que sabe que ya no tiene esperanza?
¿Por qué, pues, sustraer a Dios lo que le pertenece
y es suyo?
¡Vuestras lágrimas y vuestra fe, vuestra sangre con
la suya en el cáliz!
Junto con el vino y el agua ¡esta es la materia de su sacrificio!
Esto es lo que rescata al mundo con él, esto es aquello de
lo que tiene sed y hambre,
Estas lágrimas como monedas arrojadas en el agua, Dios mío,
¡tanto sufrimiento desperdiciado!
¡Tened piedad de él que sólo tuvo treinta y
tres años para sufrir!
¡Unid vuestra pasión a la suya, visto que sólo
se puede morir una vez!" .
Pero dar a Jesús nuestras cosas -cansancios, dolores, fracasos
y pecados-, es sólo el primer acto. Del dar se debe enseguida
pasar, en la comunión, al recibir. ¡Recibir nada menos
que la santidad de Cristo! Si no damos este "golpe temerario"
nunca entenderemos "la enormidad" que es la Eucaristía.
Hay un acto que, realizado con los hombres es pecado y está
penado por la ley y que, en cambio, con Cristo no sólo está
permitido, sino que es sumamente recomendable: "la apropiación
indebida". ¡En cada comunión Cristo nos "instiga"
a hacer una apropiación indebida! ("Indebida",
es decir, ¡no debida, no merecida, puramente gratuita!). Nos
permite apoderarnos de su santidad.
¿En donde se realizará, concretamente, en la vida
del creyente, ese "maravilloso intercambio" (admirabile
commercium) del que habla la liturgia, si no se realiza en el momento
de la comunión? Allí tenemos la posibilidad de dar
a Jesús nuestros harapos y recibir de Él el manto
de la justicia (Is 61,10). En efecto, está escrito que por
obra de Dios se ha convertido para nosotros en sabiduría,
justicia, santificación y redención (1Co 1,0). Lo
que Cristo se ha convertido "para nosotros" nos está
destinado, nos pertenece. Es un descubrimiento capaz de poner alas
a nuestra vida espiritual.
3,4. La comunión con el cuerpo de Cristo que es la Iglesia
Nos hemos limitado hasta ahora a meditar sobre el aspecto vertical
de la comunión, la comunión con Dios, Padre, Hijo
y Espíritu Santo. Pero en la eucaristía se realiza
también una comunión horizontal, esto es, con los
hermanos. San Pablo dice: El pan que partimos ¿no es comunión
con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y
un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan (I
Co 10, 16-17).
En este fragmento, se menciona dos veces la palabra "cuerpo";
la primera vez designa el cuerpo real de Cristo; la segunda, su
cuerpo místico que es la Iglesia. Al acercarme a la eucaristía
ya no puedo desentenderme del hermano; no puedo rechazarlo sin rechazar
al mismo Cristo y separarme de la unidad. Quien en la comunión
pretendiera ser todo él fervor por Cristo, después
de haber apenas ofendido o herido a un hermano sin pedirle perdón,
o sin estar decidido a hacerlo, se parece a alguien que al encontrar
después de mucho tiempo a un amigo suyo, se eleva de puntillas
para besarlo en la frente y mostrarle así todo su afecto,
sin darse cuenta de que le está pisando los pies con sus
zapatos de clavos. Los pies de Jesús son los miembros de
su cuerpo, especialmente aquellos más pobres y humillados.
Él ama estos "pies" suyos y le podría gritar
a dicho amigo: ¡ Me honras sin fundamento!
El Cristo que viene a mí en la comunión, es el mismo
Cristo indiviso que se dirige también al hermano que está
a mi lado; por así decirlo, él nos une unos a otros,
en el momento en que nos une a todos a sí mismo.
San Agustín nos recuerda que no podemos obtener un pan si
los granos que lo componen no han sido primero "molidos".
Para ser molidos no hay nada más eficaz que la caridad fraternal,
especialmente para quien vive en comunidad: el soportarse unos a
otros, a pesar de las diferencias de carácter, de puntos
de vista, etc. Es como una muela que nos lima y nos afila cada día,
haciéndonos perder nuestras asperezas naturales. Una canción
española que me gusta mucho dice: "Un molino la vida
nos tritura con dolor - Dios nos hace eucaristía en el amor".
Ahora hemos comprendido lo que significa decir: Amén y a
quién decimos: Amén en el momento de la comunión.
Se proclama: "¡El cuerpo de Cristo!" y nosotros
respondemos: ¡Amén! Decimos Amén al cuerpo santísimo
de Jesús nacido de María y muerto por nosotros, pero
decimos también Amén a su cuerpo místico que
es la Iglesia y que son, concretamente, los hermanos que están
a nuestro alrededor, en la vida o en la mesa eucarística.
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