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Mons.
Adolfo González Montes
DIOS
EXISTE Y NOS HABLA
"Orar con la Palabra de Dios"
II Conferencia de Cuaresma 2009
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1.
El Espíritu viene en nuestra ayuda porque desconocemos aquello
que conviene
Los
creyentes oramos a Dios y le pedimos nos ayude en nuestras necesidades.
Naturalmente le damos gracias y le suplicamos perdón, pero
sobre todo le pedimos nos asista. Jesús nos entregó
el Padrenuestro y, de este modo nos enseñó a orar.
Con la entrega de la oración dominical Jesús satisfizo
el ruego de sus discípulos, pero la oración de petición,
que en el Padrenuestro se concentra fundamentalmente en la súplica
del reino de Dios y en el cumplimiento de la voluntad divina en
nosotros, no responde siempre a esta pauta trazada por Jesús:
"Venga tu Reino; / hágase tu voluntad / así en
la tierra como en el cielo" (Mt 6,10). Pedimos y somos movidos
al hacerlo por los intereses que nos colocan ante Dios, tal vez
después de habernos olvidado de él.
Jesús no sólo nos dio la pauta de la súplica,
sino que nos estimuló a suplicar, advirtiéndonos al
mismo tiempo de qué debemos pedir y cómo debemos hacerlo
con entera confianza en la bondad de Dios: "Pedid y se os dará;
buscad y hallaréis. Porque todo el que pide recibe; el que
busca, halla; y al que llama, se le abrirá (...) Si, pues,
vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros
hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está
en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!"
(Mt 7,7-8.11).
Sin embargo, san Pablo nos advierte que "no sabemos pedir como
conviene" (Rom 8,26). La experiencia de ruegos y súplicas
inconvenientes parece haber sido determinante en la modificación
de las palabras de Jesús que acabamos de mencionar según
el tenor del evangelio de san Mateo. El evangelio, en cambio de
san Lucas reza de este modo: "Si, pues, vosotros, siendo malos,
sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto
más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo
a los que se lo pidan!" (Lc 11,13). Así, pues, lo que
de verdad conviene pedir al padre es el Espíritu Santo, y
con Él Dios nos da todo cuanto necesitamos. Del mismo modo
se expresa el evangelio de san Juan, que pone en boca de Jesús
la recomendación conocida en el tenso e intenso contexto
de los sermones del adiós la noche de la Cena: "Si me
pedís algo en mi nombre, / yo lo haré (...) / y yo
pediré al Padre / y os dará otro Paráclito,
/ para que esté con vosotros para siempre, / el Espíritu
de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve
ni le conoce" (Jn 14,14.16-17). Dice el Apóstol de las
gentes que "el Espíritu. de Dios viene en ayuda de nuestra
flaqueza" (Rom 8,26).
El Nuevo Testamento pone de manifiesto que los cristianos se sienten
tentados a orar de modo ineficaz, no sabemos orar pidiendo lo que
conviene; y no lo hacemos porque no dejamos al Espíritu Santo
ser el verdadero protagonista de nuestra oración. Esta falta
de conciencia de aquello que conviene hemos de entenderla en el
sentido de hallarnos alejados de Dios, lo que nos hace resistentes
a las mociones divinas que el Espíritu Santo realiza en nosotros;
y como consecuencia, no acertamos a pedir conforme Dios quiere que
lo hagamos y desvariamos, no sabemos qué conviene e ignoramos
el bien supremo que hemos de pedir: dejarnos conducir como aquello
que de verdad somos: ¡hijos de Dios! Parece como si no creyéramos
en aquello mismo que es el fruto divino de la redención:
la filiación divina, que nos coloca en aquella relación
de confianza filial con Dios que nos hace fiarnos de lo que el sabe
nos conviene. San Juan nos recuerda que la filiación divina
es verdad contundente de nuestra confesión de fe en la misericordia
del Padre: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre, para
llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! Por eso el mundo
no nos conoce, porque no le conoció a él" (1
Jn 3,1). Pedimos a Dios aquello que entendemos debe anotar bien,
como si no nos fiáramos de que él sabe de verdad de
qué tenemos necesidad.
Estas palabras de san Juan dejan en claro que cuando pedimos lo
que no conviene lo hacemos por desconocimiento, a causa de nuestro
pecado, de aquello que en verdad somos, y que es el fruto de la
redención de Cristo y obra del Espíritu Santo en nosotros.
Por eso, aquello que para nosotros es imposible, esto es, la conciencia
de nuestra propia filiación divina, sin la cual nuestra relación
con Dios se ve perturbada por el espíritu del mundo, es obra
del Espíritu en nosotros. Sólo si renunciamos al espíritu
del mundo estaremos en condiciones de pedir lo que nos conviene.
El Apóstol de las gentes lo formula de esta manera en la
carta a los Romanos: "En efecto, todos los que se dejan guiar
por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no
habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer
en el temor; antes bien habéis recibido un espíritu
de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!"
(8,14-15)
Es el evangelista san Juan el que nos ha transmitido la promesa
del agua viva que hace Jesús en Jerusalén, el último
día de las fiestas de los tabernáculos (o de las tiendas),
a cuantos crean en él: "Si alguno tiene sed, que venga
a mí y beberá, el que cree en mí, como dice
la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva"
(Jn 7,37-38). El agua es el gran símbolo del Espíritu
Santo y la presencia del Espíritu va vinculada en la narración
evangélica al bautismo de Jesús en el Jordán
y al nacimiento de la Iglesia en Pentecostés. En el bautismo
de Jesús donde se abrieron los cielos y resonó la
voz del Padre revelando el misterio de la filiación divina
de Jesús sobre el que se derrama el Espíritu Santo:
"Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3,17).
Cuando Jesús promete el agua viva a los creyentes, está
aludiendo a las figuras proféticas que anticipan el don del
Espíritu, y dando testimonio de que en él, el Hijo
revelado como tal por el Padre en las aguas del Jordán, estas
profecías encuentran cumplimiento. Sin embargo, los discípulos,
familiarizados como estaban con las figuras del agua en la Sagrada
Escritura (el agua que brotó de la roca del desierto: Ex
17,1-7; el paso del Mar Rojo: Ex 14,15ss; y el paso del Jordán:
Jos 3,14ss; la alegoría prodigiosa de las aguas vivificadoras
de Ezequiel que manan del costado derecho del templo: Ez 47,1ss),
no comprendieron lo que Jesús decía, como explica
el evangelista, quien aclara que al referirse a los ríos
de agua viva Jesús hablaba "refiriéndose al Espíritu
que habían de recibir los que creyeran en él"
(Jn 7,39a), para observar seguidamente: "Porque aún
no había Espíritu, pues todavía Jesús
no había sido glorificado" (v.39b).
El Espíritu Santo es el gran don de la resurrección
del Señor, que llega con el derramamiento del Espíritu
que procede del Padre por el Hijo sobre los discípulos congregados
en el cenáculo el día de Pentecostés, unida
su presencia en el relato del libro de los Hechos a lenguas de fuego
(Hech 2,3). Un signo asimismo vinculado al bautismo y aludido por
el Bautista para diferenciar su propio bautismo de penitencia y
el de Jesús: "El os bautizará con Espíritu
Santo y fuego" (Mt 3,11).
El Espíritu Santo es así el que configura a los creyentes
con el destino de salvación de Cristo Redentor. De ahí
que sólo en el Espíritu se puede hacer la confesión
de fe en el misterio de Jesús como Cristo de Dios, y sólo
en el Espíritu, bajo su moción, podemos invocar a
Dios y orar por medio de él: "Pues nosotros no sabemos
pedir nosotros orar como nos conviene; más el Espíritu
mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta
los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu
y que su intercesión a favor de los santos es según
Dios" (Rom8,26-27).
2. El conocimiento del Hijo es don del Padre y acción del
Espíritu en el creyente
La
presencia y acción del Espíritu Santo en los creyentes
es, según lo dicho, configura al que cree en Jesús
con el misterio y el destino de Jesús: con su muerte y resurrección.
De esta suerte, el discípulo de Jesús es introducido
en el conocimiento de Cristo y recreado en el Espíritu y
por medio de él santificado. Su humanidad redimida es nueva
creación. El hombre no puede por el dinamismo de su propio
conocimiento mundano alcanzar a conocer el designio de salvación
de Dios sobre él; muy por el contrario, tan sólo alcanza
el conocimiento de este designio divino sobre él por la fe
Cristo, obra de la acción del Espíritu Santo en él.
El conocimiento de Cristo es obra del Espíritu, mediante
el cual el hombre accede a la confesión de fe en Jesús
como Cristo y redentor del mundo, Hijo de Dios y salvador: "Dicho
tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te
lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está
en los cielos" (Mt 16,17).
Porque es así como Dios atrae a los creyentes a Cristo, es
el mismo Jesús quien dice: "Nadie conoce al Hijo sino
el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien
el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27). Este dicho de Jesús
que recoge san Mateo ha sido llamado por los expertos del Nuevo
Testamento "logion joánico", por ser una expresión
del evangelista san Mateo del estilo de las expresiones de Jesús
que encontramos en el evangelio de san Juan. De hecho tiene su correspondencia
en el evangelio de san Juan, pues dice Jesús en el cuarto
evangelio: "Nadie puede venir a mí, si el Padre que
me ha enviado no lo atrae" (Jn 6,44). La cercanía de
estos dichos de Jesús en san Mateo y en san Juan es patente.
Dicho esto, entendemos mejor que san Pablo pueda decir que "el
Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios"
(1 Cor 2,10); y que de esta suerte, quiera poner en relación
el conocimiento que el hombre tiene de sí y el que sólo
Dios tiene de sí mismo, pues "nadie conoce lo íntimo
de Dios sino sólo el Espíritu de Dios" (1 Cor
2,11). Conocer a Dios y conocer su voluntad sólo le es posible
al hombre que está en sintonía con Dios, es decir,
que es movido por el Espíritu Santo.
3.
El Espíritu descubre el misterio de las Escrituras y nos
da conocer a Cristo, contenido de las Escrituras
Estas reflexiones que acabamos de desgranar nos permiten ahora referirnos
al Sínodo de los Obispos que acaba de celebrarse, teniendo
en cuenta las proposiciones que los padres sinodales han elevado
al Santo Padre, con miras a que las tenga en cuenta a la hora de
elaborar la exhortación apostólica que sigue a cada
Sínodo.
Partimos del hecho de que en las Escrituras hallamos el testimonio
del Espíritu Santo sobre Cristo, y así las Escrituras
nos mueven a glorificar a Dios y a invocar a Cristo. Es el Resucitado
el que "empezando por Moisés y siguiendo por los profetas,
les explicó lo que había sobre él en todas
las Escrituras" (Lc 24,27). Añadiendo: "Es necesario
que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés,
en los Profetas y en los Salmos acerca de mí" (v. 24,44).
Sin la acción del Espíritu Santo en nosotros no podemos
conocer a Cristo porque no podemos conocer que las Escrituras hablan
de él. Por este motivo, el Sínodo de los Obispos ha
hablado de la necesidad de descubrir que junto al sentido literal
de las Escrituras está el sentido espiritual de las mismas,
ampliamente cultivado por los Padres (cf. Proposición [=Prop.],
n.6). Si es por medio de Cristo como oramos al Padre y es el Espíritu
Santo el que conduce nuestra oración, no podemos separar
nuestro trato con Cristo del conocimiento de Cristo que nos proporcionan
las Escrituras (Prop. n.9): el encuentro con Cristo acontece en
la lectura y escucha de las sagradas Escrituras, de modo que el
conocimiento de Cristo sigue el curso de la lectio divina. El Sínodo
dice que es esta lectura de las Escrituras la que alimenta la oración
y el trato con Jesús, "de manera que de su lectura (de
la Sagrada Escritura) orante y fiel en el tiempo, se profundice
la relación con la misma persona de Jesús".
Ya san Jerónimo nos dejó el axioma de que el conocimiento
de las Escrituras equivale al conocimiento de Cristo, de modo que
quien ignora las Escrituras desconoce a Cristo. Es preciso conocer
a Cristo en la historia de nuestra salvación, porque la historia
de los israelitas nuestros padres contiene las pre-figuraciones
de Cristo, como dice san Pablo después de aludir al hecho
de que nuestros padres bebieron de la roca espiritual del desierto,
que era el mismo Cristo, afirmando que "todos fueron bautizados
en relación con Moisés, en la nube y en el mar; y
todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la
misma bebida espiritual, pues todos bebieron la misma bebida espiritual,
pues bebían de la roca espiritual que les seguía;
y la roca era Cristo" (1 Cor 10,2-4). Todas estas realidades
fueron, en verdad, prefiguraciones del misterio redentor de Cristo;
y todas acontecieron para nuestra instrucción y ejemplo,
dirá el Apóstol, que de esta manera advierte a los
cristianos de aquella hora primera de la misión cristiana
(cf. 1 Cor 10,6).
La historia de la salvación tiene por contenido a Cristo
y las profecías se refieren a él y es Cristo quien
ora por nosotros en los salmos y con ellos nos unimos nosotros a
él y oramos también a él, como dice san Agustín:
"Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora
por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros. / Ora
por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra
cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro" (SAN AGUSTÍN,
Comentarios sobre los salmos: Sal 85,1: CCL 39, 1176s). La lectio
divina, que explana con tanta belleza el santo Doctor comenta la
lectura de los salmos en clave cristológica. En la lectio
divina se trata, en efecto, de la comprensión espiritual
de la Escritura que alimenta nuestra oración, al introducirnos
y familiarizarnos en el trato con Cristo, por medio del cual glorificamos
al Padre.
Conviene recordar asimismo que la lectura de los evangelios, y de
todo el Nuevo Testamento, es fuente singular de meditación
y de oración mental, además de alimentar los círculos
de oración de tantos grupos y comunidades de vida consagrada
y de fieles cristianos. El Sínodo recomienda por esta razón
que las pequeñas comunidades eclesiales sea el lugar privilegiado
donde se escuche y estudie y ore la Palabra de Dios y se ore con
ella (Prop. n.21). En este sentido, algunas de las más significativas
formas de participación en la vida parroquial lo constituyen
las reuniones de estudio y preparación de la liturgia dominical
de la Palabra de Dios, reuniones alimentadas y dirigidas por los
presbíteros, ocasión por lo demás de ayuda
en la preparación de la homilía de forma singular.
No obstante, al margen de esta ayuda que puedan prestar al sacerdote,
estos círculos de reflexión y oración tienen
una función primera y fundamental como es familiarizar a
las personas que participan en ellos con la lectura e interpretación
de la Palabra de Dios en el marco de la comunidad eclesial y bajo
la guía autorizada del magisterio de la Iglesia, es decir,
a la luz de la Tradición de la fe. La traditio fidei es la
clave de interpretación que abre el sentido espiritual de
la Escritura a los fieles, expuesta y salvaguardada por la palabra
autorizada de los ministros de la Palabra. El magisterio de la Iglesia
no está, ciertamente, por encima de la Palabra de Dios, como
dijo el Vaticano II, sino a su servicio (VATICANO II: Const. dogmática
sobre la divina revelación Dei Verbum, n.10), conduciendo
de modo autorizado mediante la dirección de los Obispos y
la colaboración de los presbíteros y los diáconos
la lectura que les abre al sentido que la Escritura encierra, y
que es el misterio de Cristo. Los círculos evangélicos
no son autónomos, ni pueden ayudar a orar si separan de la
Tradición viva de la Iglesia, porque ésta es cauce
de la Palabra divina y es la clave de interpretación que
ofrece el sentido de las Escrituras.
Recitando los Salmos, nos unimos al Orante por excelencia que es
el mismo Cristo, Mediador único, que intercede por nosotros
como Sumo Sacerdote colocado entre Dios y los hombres, como explica
el autor de la carta a los Hebreos. La recitación de los
salmos en la Liturgia de las Horas nos recordará el Sínodo
de los Obispos, "es una forma de privilegiada de escucha de
la Palabra de Dios porque pone en contacto a los fieles con la Sagrada
Escritura y con la Tradición viva de la Iglesia" (Prop.
n.19). De aquí que el Sínodo además vuelva
a recomendar vivamente el rezo de la liturgia de las Horas incluso
por los fieles, sobre todo los laudes y las vísperas. El
domingo, día del Señor, viene introducido litúrgicamente
por las primeras vísperas y llega a su término como
dies Domini y dies ecclesiae en el solemne canto de las segundas
vísperas.
4.
Reflexión última a modo de conclusión: Presencia
de Cristo en la Palabra y en la Eucaristía
No
podemos abarcar en una conferencia cuaresmal la amplia exposición
de la relación que el Sínodo ofrece en las proposiciones
sobre la Sagrada Escritura como fuente de oración. La Prop.
n.22 ofrece un programa de renovación bíblica de la
oración, desarrollando la relación entre Palabra de
Dios y lo que ha de ser una lectura orante de la misma.
No podemos, sin embargo, dejar de considerar cuanto dice sobre la
relación entre Palabra de Dios y Eucaristía, al menos
aludiendo a la relación que establece entre ambas la Prop.
n.7, cuando observa como Palabra de Dios y Eucaristía forman
una unidad, apoyando su declaración en la Constitución
Dei Verbum, n.21. El Sínodo invita por eso a superar esta
dualidad. Hemos de observar que a veces se ha querido polemizar
sobre la prioridad de una u otra, olvidando tanto el carácter
sacramental de la Palabra como el carácter de proclamación
de la historia de la salvación y de la redención de
Cristo que es la anáfora o plegaria eucarística de
la Misa. El debate sobre si evangelizar o sacramentalizar, hoy resulta
estéril, a la luz de la experiencia vivida en el postconcilio
y tras el debate sobre un tema que ha estado sin duda planteado
de forma poco acertada. Toda la obra evangelizadora tiende a su
culminación mistagógica en la recepción de
los sacramentos de la iniciación cristiana y, particularmente,
en la participación de la Eucaristía, fuente y culmen
de la vida cristiana, como dejó dicho la Constitución
sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium con extraordinario
acierto, ya que tanto el anuncio o kerygma como la catequesis e
instrucción en la fe de los bautizados tiende la integración
sacramental en la comunidad eclesial, y el culmen de esta integración
se produce mediante la celebración eucarística. Por
ella el fiel cristiano se hace partícipe de la vida divina
en modo singular por la comunión del Cuerpo y de la Sangre
del Señor.
Conviene, por esto, tener en cuenta que la presencia de Cristo,
observa el Sínodo, es principio determinante de la interpretación
de la Escritura, y que ésta ilumina y explica el misterio
eucarístico, de suerte que se da una analogía del
modo de presencia de Cristo en la Palabra y en los sacramentos de
la fe. De ahí que sea necesario desarrollar ampliamente el
significado que tiene para la oración la ritualidad o colación
de los sacramentos y sacramentales de la Iglesia tomando como referencia
la tensión que se establece entre la proclamación
de la Palabra de Dios en las lecturas bíblicas que anteceden
la celebración sacramental y la iluminan, y la celebración
o puesta del rito sacramental como tal y de la Eucaristía,
en la cual la proclamación de la Palabra se hace rito en
la anáfora eucarística. Particularmente hay que contar
con la función de la homilía como explanación
de la palabra de Dios y tránsito de sentido que orienta la
celebración subsiguiente la Eucaristía. Esta sacramentalidad
tiene una singular expresión en la bendición del Obispo
a la asamblea litúrgica con el evangeliario.
La veneración de las Escrituras alcanza en la veneración
del Evangeliario una singular expresión, visualizando incluso
la misma sacramentalidad de la Palabra proclamada en la Misa. Como
sería de gran importancia caer en la cuenta de que la anáfora,
como acabamos de decir, es el punto culminante de la proclamación
evangélica, conducida y protagonizada por el Espíritu
Santo, que es invocado en la así llamada epiklésis
(invocación) por el sacerdote para que sea el que convierta
el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Parroquia
de la Purísima Concepción
Barcelona, 8 de marzo de 2009
II Domingo de Cuaresma
Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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