HomeTorna a Documents

 

P. Ricardo Isaguirre

La Ciencia de la Cruz que necesitamos

Barcelona, 6 de abril de 2007


La indicación del Misal inmediatamente después de la lectura de la Pasión especifica que el Viernes Santo la homilía debe ser "breve". Aclara por cierto primero que es "oportuna", porque es siempre oportuno que -tanto la jerarquía como el resto de los fieles- atendamos al magisterio de la Iglesia con fe y gratitud, cada uno según su propio oficio y estado. Y la brevedad aconsejada no es sólo una recompensa por la longitud de la liturgia de la Palabra previa y por lo que aún falta a esta conmemoración. Nuestro espíritu no puede más que quedar sobrecogido de emoción por el relato de los sufrimientos del Salvador: siendo quien es, Dios todopoderoso, nos amó tanto, y sufrió y murió así por nosotros a mano de nuestra libertad enemiga para que tengamos vida en abundancia. Según el refrán castellano que podemos aplicar al Señor Jesús y a la liturgia de esta sagrado día, obras son amores y no buenas razones. La Pasión no es apariencia como imaginaron, incapaces o temerosos de creer, muchos desde antiguo hasta el día de hoy. Y en ello reside ahora el desafío de la fe: nos llama a una participación real en los misterios en los que creemos, confirmando que tampoco la pobre vida humana sufriente es apariencia, o un desperdicio del ser o la mera materia perecedera de la ideologías modernas.

Por el Bautismo somos hijos de Dios y discípulos de Cristo. Ahora bien, el hijo y discípulo debe recibir con atención las lecciones de su padre y maestro. La Iglesia, nacida del costado abierto del Crucificado y primera discípula del Señor y Maestro, es Madre, Señora y Maestra ella misma. Lleva por tanto en sí la plenitud de las enseñanzas salvadoras de Cristo, de las que vive, para las que vive y en las que hace vivir. Como dice en alguna parte de sí mismo el profeta Jeremías (cf. 15, 16), devora cada palabra del Señor que encuentra, esto es, la apetece, la contempla, la incorpora, la pone en práctica, es su alegría por una identificación antes inaudita: "¡Me llaman por tu Nombre!" confiesa. No es posible ser plenamente cristiano sin obedecer con amor y por amor al magisterio de la Iglesia. Ella nos muestra hoy la cruz de Cristo, más aún, recoge nuestros sentimientos de compasión y agradecimiento, y, dignificándolos mediante su incorporación a la liturgia, los convierte en ese beso que, doblando la rodilla, imprimiremos luego sobre el Crucifijo en cuyo misterio ella nos introduce literalmente develándolo como verdadero árbol de la vida en el sagrado rito. Mediante palabras, signos y gestos la Iglesia va formándonos para que la Pasión que conmemoramos no nos encuentre entre aquellos que pasaban frente a la cruz de Jesús y se alejaban meneando la cabeza sin interés ni compromiso, e incluso con palabras despectivas y burlonas. ¿Sabrían lo que perdían al no detenerse? Ciertamente, "no sabían lo que hacían", pero el Señor aceptó esa relativa opacidad de su gloria para que quedara abierto el camino de la fe, que es otra forma -superior- de conocimiento y acción que prolonga su presencia entre los hombres.

Pero veamos dónde estamos nosotros en el desarrollo de este drama. "No hay inteligencia humana que nos pueda ayudar, sino únicamente la pasión de Cristo. Por eso deseo participar en ella." Así escribía Edith Stein, la gran filósofa de origen judío y hoy santa copatrona de Europa en la víspera de la Navidad de 1938, al dar cuenta de su ingreso al Carmelo de Colonia donde aspiraba profesar. El mundo comenzaba a arder ya entonces en la hoguera de los totalitarismos ideológicos, ateos, más exactamente ferozmente paganos, encendidos por las filosofías de la muerte de Dios y del nihilismo. Este fuego desencadenaría en poco tiempo el terrible incendio de la Segunda Guerra Mundial y el intento de exterminio total de los hebreos en el cual la misma Edith Stein, ya monja carmelita con el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz, sería gaseada y cremada en el campo de Auschwitz-Birkenau, síntesis acabada de un siglo XX olvidado del amor de Dios. Fue el último capítulo, no escrito en letras, sino con la entrega de su sangre, que redactó del estudio sobre la doctrina de la Pasión en San Juan de la Cruz comenzado como obediencia a sus Superiores y que legó como testamento de su obra intelectual y existencial.

Y al comenzar el siglo XXI nos asiste el temor nada gratuito de repetir las elecciones equivocadas de las generaciones recientes y se nos ocurre que sólo una "ciencia de la Cruz" -para inspirarnos en las palabras de la santa que acabamos de evocar- puede ayudarnos, si deseamos verdaderamente adquirirla y ponerla en práctica, como Edith Stein se propuso al renunciar al mundo por el claustro, a las filosofías de los hombres por la ciencia del Dios de Jesucristo, a nuestras soluciones falsas por la salvación que viene de Dios. "El alma se convierte en una sola cosa con Cristo, llegando a vivir de su vida, pero únicamente en la rendición voluntaria al Crucificado, sólo después de haber recorrido todo el Vía Crucis junto a él." ¡Qué sentido tiene este párrafo escrito por una mujer que hoy sabemos recorrió dignamente, sin saltarse un paso, el sendero de la humillación junto a su propio pueblo en condición de esposa de Cristo!

Lo que nos corresponde preguntarnos es si somos capaces de adaptar a nuestra propias vidas, afortunadamente en tiempos de paz, las exigencias de esta ciencia de la Cruz. Porque ¿habrá otro cristianismo acaso, un cristianismo de la comodidad y del compromiso con las leyes del mundo? ¿Podremos salvarnos y salvar al mundo con esta versión aguada de la fe? ¿Supondremos que un cristianismo no crucificado vale algo? ¿O desplegaremos en cambio las potencialidades del Evangelio que nuestros antepasados exploraron para construir una civilización en torno de la Cruz? Pues para eso hay en Cristo un magisterio desarrollado en el cristianismo como "ciencia de la cruz". Como fue el caso en el que San Pablo llamaba "su evangelio", esta ciencia -escribía Edith Stein- "es precisamente [una] doctrina de la Cruz [anunciada] a los judíos y a los gentiles. Se trata de un testimonio lineal, sin artificio oratorio alguno, sin esfuerzo alguno por convencer recurriendo a argumentos racionales. Ese testimonio recibe toda su energía de aquello que anuncia. Y es la Cruz de Cristo, o sea, la muerte de Cristo en la cruz, Cristo mismo crucificado. Cristo es el poder de Dios, la sabiduría de Dios, no sólo por ser el Enviado de Dios, el Hijo de Dios y Dios él mismo, sino precisamente por ser Crucificado. Este 'verbo de la cruz', objeto de la predicación de Pablo -y vida de los Santos-, él lo ha formulado perfectamente como ciencia de la cruz, es decir, como escuela de vida que implica la perfecta conformidad con Cristo crucificado." Tras el testimonio apostólico, el cristianismo hará de la Cruz su mapa y su brújula en una infinita fecundidad de itinerarios.

En los iconos del Gólgota, de profundo sentido teológico y catequético, y muchos de cuyos elementos se conservan en los retablos de Occidente y en las crucifixiones modernas -el pórtico de los misterios dolorosos de la Sagrada Familia de Barcelona es un intento monumental-, a los pies de la cruz se representaba una grieta: se abren allí, en aquel lugar de la fundación del mundo, las entrañas mismas de la tierra estremecida. En ellas se ve una calavera -la colina era precisamente un calvarium- que nos muestra lo que está invisible y escondido, diríamos casi, la vergüenza del hombre que ha fracasado. Adán, simbolizado por aquellos huesos secos, es bañado por la sangre que cae de los pies traspasados de Cristo, la sangre de la redención y de la vida nueva. La cruz con el cuerpo de Cristo se levanta de la tierra hacia el cielo. Es el puente que reúne como nunca estuvieron unidos la tierra dada a los hombres con el reino del cielo, indicando que ahora el hombre puede levantarse hacia la eternidad, desde su condición de pecado, abandonando la vanagloria y soberbia de las que es liberado por la verdad. Y el propio Cristo es el nuevo Adán: "Del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los que son de Cristo" (1 Cor. 15, 22)-23). Sobre su cabeza los ángeles de la gloria anuncian el triunfo inminente, del que no dejó sin participación a los que le son fieles: "El que quiera ser discípulo mío, que tome su cruz y me siga" (Mt. 10, 38). Detrás de la escena de la crucifixión no podía dejar de estar representada la muralla de Jerusalén, a un tiempo la ciudad deicida que no se dejó abrazar por el amor del Mesías, y el mundo de los hombres -para el juicio de Dios, redimible- por el que ese sacrificio se ofrece al Padre. Junto al Señor están siempre la Madre dolorosa de todos los que creerán en él y el discípulo amado y heredero universal de su maternidad. En esa escena queremos fundirnos también nosotros con ánimo de auténtica penitencia.

Conocemos el valor formativo de la cruz en nuestra civilización. Sin esta ciencia, y sin quienes absorbiendo desde sus rudimentos hasta sus más altos corolarios fueron sin engaño sabios, no seríamos en absoluto lo que somos. En la hora de crisis tan grave que enfrentamos tanto en la antigua Europa cristiana como en la América que España evangelizó generosamente, suenan las palabras de Edith Stein con un tono aun más intenso que hacia fines de la década de los años treinta: "No hay inteligencia humana que nos pueda ayudar, sino únicamente la pasión de Cristo." Es además la misma inteligencia la que necesita esta ayuda para no devorarse a sí misma como los dioses paganos a sus hijos, y evitar que los errores del pasado se repitan y que los problemas emergentes de la ausencia de Dios en las almas terminen de desplegar todo el veneno que contiene esta noche del espíritu que atravesamos como individuos y como cultura. Lo que nos espera puede ser un fin del mundo (¡tantos imperios y civilizaciones terminaron antes!), pero puede ser, debidamente atendido, una oportunidad magnífica para la humanidad. La Cruz es un camino estrecho, el más estrecho en cada circunstancia, pero es el único seguro para ascender a donde pertenece la dignidad de la creatura humana: "Yo (Cristo, hijo tuyo y tu Señor) no te he creado (a ti, padre Adán) para que estuvieras preso en la región de los muertos" (Antigua homilìa sobre el santo y grandioso sábado).

Porque la ciencia de la cruz no es una doctrina intimista, un fenónemo subjetivo para almas exclusivas, una teoría. "Se trata de una verdad viva, real y operante [de la cual] brota, desde la más profunda interioridad, la concepción de la vida, la imagen de Dios y del mundo del hombre" (Edith Stein, Ciencia de la Cruz, Introducción). La cruz se recupera entonces como seña irrenunciable de identidad. Hoc signo victor eris. La adopción de la fe en el Maestro galileo crucificado que el emperador Constantino el Grande hizo antes de cruzar el puente Milvo para entrar triunfador a Roma inició un camino civilizatorio aún no concluido, pero que Occidente corre el peligro de abandonar por cansancio culpable y pérdida de la memoria, voluntaria en las élites dirigentes, imitativa en las masas. La Europa nueva que puede nacer del aporte inmigratorio del Occidente postergado -mal llamado Tercer Mundo- no debe descuidar la marcha. Si la tentación de judaizar llevó en buena parte al Cisma de Occidente y al fin de la Cristiandad, el Occidente debilitado de hoy que está en riesgo de islamizarse tiene en la "ciencia de la Cruz" el arma necesaria para salir creativamente del estrecho paso por el cual desfila hacia la decadencia segura.

Adoración y silencio van de la mano en estas horas en que recordamos cómo el autor de la vida quiso morir para darnos vida eterna. Son misterios que lo trascienden todo, pero a cuya más perfecta comprensión nos hemos consagrado -todo lo brevemente posible - mientras se acerca la hora nona. Que Santa María del Silencio nos ayude entonces y sostenga a los pies de la cruz, porque desfallecemos; que Santa María Virgen de la Palabra con su intercesión nos permita entender el sermón de la cruz, porque la ignorancia es mucha y las distracciones nos acosan; que la Madre Dolorosa inspire nuestras lágrimas de arrepentimiento, porque aún hemos de llorar nuestros pecados; que la Madre del Redentor pida a su Hijo que, imprimiendo en nosotros sus llagas salvadoras, nos permita suplicar unidos a él piedad y misericordia por su Sangre para el mundo entero en la plenitud de una ciencia de la Cruz asimilada hasta el fondo del cáliz que el Padre dispuso preparar y es tiempo de beber. Amén.