EL
CAMINO DE SANTIAGO
La
senda es tortuosa pero está protegida por la gracia del
cielo. El camino es, a veces, largo y trabajoso. Los peregrinos
avanzan hacia el Santo llevando en sus espaldas el peso de sus
cosas. Alentados por la fuerza del espíritu, el camino
se hace más ligero.
Atravesamos
los oscuros bosques donde la mañana azul decrece y, luego,
con nuestros pasos polvorientos, salimos al sol. Puentes antiguos,
arroyos de agua clara, caminos de piedra y tierra, aldeas vetustas,
campos llenos de verdor, salen al paso. Y a todos nos apremia
una misma sed: el final del viaje, ese hermoso bastión
con sus esbeltas torres, la ciudad de piedra que señalan
las flechas. Y hermosamente avanza el peregrino, hermanado por
el calor de todos los que fatigan la senda de Santiago y se emplean,
generosos, hacia la cruz que se abre camino. No hay violencia
en el paso, sólo un repetido empeño que busca la
verdad de encontrar a Jesús en las cuerdas alegres del
pecho. Como un canto al unísono celebramos la gloria de
llegar a la blanca Santiago.
No
importan las heridas del viaje, porque un gran sueño aplaca
el posible dolor: entrar en la mañana de la vida y, con
pasos fraternos, alcanzar la verdad.
PEDRO
SÁNCHEZ TÉLLEZ