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Giotto. El beso de Judas. Capilla de los Scrovegni. Padua

JUEVES SANTO EN LA BASÍLICA DE LA CONCEPCIÓN

"Él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final" (Jn. 13, 1). Con estas del fragmento evangélico San Juan relata la última cena de Jesús con sus discípulos cuya memoria la Iglesia celebra en la gran solemnidad del Jueves Santo. Para evocar aquella noche santa en que Cristo se entregó por amor, el templo basilical de la Inmaculada Concepción vio la austeridad de sus altares, que caracterizó el período cuaresmal, dar lugar a una digna decoración floral que armonizaba con la blancura áurea de los nobles ornamentos que revistieron al señor rector y a los seis sacerdotes asistentes a la celebración.

Al compás del órgano y de los cantores estables de la parroquia y de toda la asamblea, el conjunto de sacerdotes y otros ministros del altar se adentró en la nave en medio de los centenares de feligreses que vinieron a participar de la Santa Misa. Después de la proclamación del Evangelio, la asamblea escuchó atentamente la esmerada predicación de nuestro señor rector que discurrió acerca de las múltiples dimensiones de la entrega sucedida en la vida Jesús en la víspera de su Pasión.
Primeramente, abordó la entrega traidora de Judas que principió la amorosa y voluntaria entrega de Jesús a sus verdugos. A continuación, el predicador remarcó el acto que hizo Jesús durante la última cena con sus apóstoles al entregarles su Cuerpo y Sangre, bajo las especies del pan y vino, que fundamenta el sacramento de la Eucaristía y la institución del orden sacerdotal. En el contexto del Año Sacerdotal el señor párroco se refirió también al ministerio sagrado, a su grandeza y también a las imperfecciones de los ordenados, y con sus palabras invitó a un acto de filial adhesión al Santo Padre. Finalmente, fue abordada la postrera entrega de la vida de Jesús que se dio en el alto de la cruz cuando rindió a Dios su Espíritu.

Acabada la homilía, los presbíteros concelebrantes hicieron delante de los congregados -como lo habían hecho ya ante el Obispo en la Misa crismal- la renovación de las promesas sacerdotales pronunciadas en el día de su ordenación y, enseguida, doce miembros de la comunidad parroquial participaron del rito del lavatorio de los pies, símbolo inconfundible de la humildad y el servicio a los cuales estamos invitados todos los cristianos. Durante el ofertorio, juntamente con las ofrendas, fueron presentadas a la comunidad los Santos oleos bendecidos por el señor cardenal en la Misa Crismal.

Después de la bendición final, las Sagradas Formas fueron trasladadas en un ciborio al monumento preparado en la capilla del Santísimo para adoración continua hasta la mañana siguiente.

Regresando a la basílica, los sacerdotes y acólitos, en una paraliturgia, procedieron a la desnudar el altar y a ungirlo con perfume y vino, imagen prefigurada del despojamiento y muerte de nuestro Señor Jesucristo en el Viernes Santo. En el más absoluto silencio y recogimiento, los demás presentes subieron al presbiterio para besar el Altar expresando, con eso, su amor y reverencia a Cristo y su Iglesia.

ADILSON FREITAS