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PEQUEÑO RELATO DE UN VIA CRUCIS

Todo empezó por una suplencia. Mi hijo, sí, como nos pasa a todos los padres, o debería ser así, se tuvo que ausentar a un ensayo y, como no podía ser de otra manera me envió a mí para cubrir su baja y ayudar a sus compañeros. Así de sencillo fue, y comenzó para mí una aventura más hermosa y profunda de lo que podría parecer en su inicio, pero que de verdad me ha hecho sentir muy orgulloso y feliz.

Allí estaba, en la Basílica, a las 7 de la tarde, conociendo a Juan Tomás, una cara agradable que se desvivía en explicar las cosas de forma sencilla pero con una profunda pasión y respeto por lo que hacía, y a unos compañeros que ni aún hoy conozco en realidad pero, de los que me aprendí poco a poco sus nombres y ahora forman parte de un lienzo que nunca podré olvidar.

Hacer un favor, ayudar a alguien en un acto que puede parecer tan solo festivo y que es mucho más, me llenó de orgullo y temor a la vez.


Cuando te educan como a mí, en la fe cristiana, unos padres que de verdad lo sentían de corazón y que cumplían devotamente con todas y cada una de las celebraciones religiosas, y que de pequeño me acostumbraron a pensar que nuestro Cristo de Lepanto era nuestro amigo y nos protegía, te da a veces vergüenza pensar que en la actualidad, con el ritmo de vida que uno lleva, te das por satisfecho con ser buena persona o almenos intentarlo.

Y ahora estaba allí, bajando a esa figura majestuosa y cercana a mí, de la pared, para aprender con mis compañeros a llevarlo alzado, insigne, hermoso, erguido para que toda la multitud, para que el pueblo hambriento de su amor pudiera venerarlo. Y todo ello dependiendo tan solo del equilibrio y mis manos. No es de extrañar que la primera vez que me tocó alzarlo a mí solo, me asustara tanto que cuando me preguntaron si podía o si estaba bien, no pudiera ni tan siquiera contestarle, tal era el pavor que sentía.

Y llegó el gran día. Por la mañana, cuando lo alzamos en el interior de la Basílica, delante de tanta gente que quería acariciarlo y tenerlo cerca, comprendí que aquello iba a ser más grande de lo que había imaginado. En ese momento no existía ya ni el reloj, ni las reuniones, ni los problemas, ni las pequeñas discusiones domésticas en las que todos perdemos el tiempo, tan solo existía el ahora, el momento exacto en el que sientes que late un corazón y que tiene sentido. Ya por la tarde, con el miedo en el cuerpo por si el viento nos jugaba una mala pasada, por fin salimos a la calle.

Era impresionante, las banderas, la cara de la gente, el murmullo de la procesión, mi corazón acelerado por el orgullo y la responsabilidad de lo que estábamos haciendo, y mis compañeros, con los que había ensayado en penumbra y a los que ahora me parecía conocer de toda la vida.

Siguiéndonos entre la gente, también estaban mi mujer y un buen amigo que hicieron un montón de fotos. Las he mirado todas una y otra vez, son muy hermosas. Me descubro en ellas con gesto preocupado; lógico, porque aunque se hagan hombres y poco a poco se alejen de nosotros, siempre me preocuparé por mi hijo, y creo que estaba yo más tenso cuando le tocaba llevarlo a él que cuando era yo quien lo hacía.
Pero lo que más me ha gustado de esas fotos, es que además de verme a mí, a mi hijo, a mis compañeros, a mi Amigo, veo en todas ellas la sonrisa de mis padres. Y sé que ese día fue uno de los más felices que les habré podido regalar nunca.

Gracias compañeros por haberlo compartido conmigo.

FRANCISCO JAVIER FERNÁNDEZ-ARROYO